lunes, 21 de marzo de 2011

Milford Sound...100% New Zealand!

Los días pasan y no sólo la ropa te hace ver que el tiempo de esta andadura avanza en el tiempo a través de desgarros irreparables (ni con cinta americana) sino que esas comodidades arraigadas dan paso a una improvisación y falta de previsiones propias de los grandes pasajes en una vida. La llegada a un pueblo, con el posterior check-in en un hostel, con sus dorms de 18 camas se han convertido en un auténtico lujo que han quedado al borde del camino en Nueva Zelanda. Tras un mes y medio durmiendo en tienda, despertándote frente a lagos o montañas, sintiendo el frio del mar o de los glaciares mientras montas esa misma tienda, te das cuenta de que eso te hace feliz. A esas sensaciones intensas que te llegan de estar junto a la naturaleza se mezcla la inquietud, el ansia que te puede de conocer más y más. Mañana un nuevo día, el último en la isla sur. Tan intensa con sus paisajes de antes, de mucho antes, que hoy me he despertado en la tienda sintiendo de nuevo el cielo nublado y respirando este aire que dejo bien adentro.

Milford Sound.

Una noche lluviosa. Una espera en un bar tomando cafés y más cafés hasta que vimos la necesidad de buscar un lugar dónde dormir. Definitivamente estaba claro, el diluvio universal no cesaría hasta por la mañana. A 40km/h subes por la carretera que se asemeja al recuerdo que tienes de una ducha. Un área de descanso en carretera con unos baños cubiertos aparecen como un oasis en medio del océano de agua. Un saco de dormir relleno en los bancos de madera demuestra que es un buen sitio. Perfecto! Una botella de vino y un cine improvisado en el netbook en la sala surround del kiwimochi convierten el caos inicial en un momento inolvidable. Agradeces cuanto encuentras al paso, agradeces tanto un toldo-toilet como un buen bife de chorizo! Aquella noche tocaba película especial, Into the Wild. No me gustó la primera vez que la ví, no era el momento en la comodidades de la gran ciudad. Aquella noche entre el diluvio y antes de dormir en el suelo junto a los toilets me pareció una película que recargaría la energía para de ahora en adelante.

Sorry man, we are in your bedroom! Me despierta un hombre que baja de un autobús de excursión organizada… it’s fine, don’t worry – le contesto mientras intento salir del capullo que me había formado con el techo de la tienda cubriendo el saco. Era un nuevo día, era el día de Milford Sound. Hacía sol. Las cascadas se precipitaban cargadas de agua por la noche anterior. Era perfecto. Subimos al barco –tras un buen cafoli caliente- y nos adentramos en el Sound que lleva al mar de Tasmania. Me recordó bastante al Geiranger Fjord de Noruega pero, no por ello dejé de abrir la boca o de ponerme la capucha cuando nos acercamos a la gran cascada. Chopado sentía la sonrisa de oreja a oreja. Los fiordos, los sounds, las morrenas,… son esos lugares que te acercan a la misma formación del planeta que, al parecer, hoy se debate en nuevos cambios. El barco sigue las curvas marcadas por las montañas, esos caprichos del hielo que dejarían sus tierras al mar. Las olas empiezan a bascular la embarcación, entramos en el mar de Tasmania y viramos de vuelta al embarcadero. La luz es intensa resaltando los diferentes verdes de las montañas, el blanco de las cascadas y el azul marino del Sound. Una experiencia inolvidable.

Intentamos llegar hasta un punto de conexión con el Milford Track, uno de los tracks más recomendados del mundo. Desgraciadamente no hay punto de acceso sin barco y las reservas llegan a… octubre así que el Milford Track quedará para otra ocasión. Improsivamos el plan de subir un minitrack al glaciar y acercarnos al Marian Lake en un track de 3 horas. Al Marian llegas tras atravesar un bosque en subida y más subida. Es un lago glaciar en un circo perfecto de montañas. Una última curva en el sendero tras un grupo de árboles te deja a orillas del lago. El no verlo hasta el último momento aumenta todavía más la sensación de haber llegado a un pequeño rincón privilegiado del mundo. El silencio, la soledad del lago, los colores y siluetas de las montañas reflejadas en el lago me llevan a alejarme de la única pareja que disfruta en la orilla. Me adentro entre la maleza y, tras un intento de baño en el agua helada, decido sentirme lagartija sobre la gran roca y disfrutar ese sol que hoy sí que se deja ver.

Al rato llega Igua y mientras le digo que voy bajando hacia el kiwi veo en su rostro la cara de felicidad que me hace saber que también se quedará un rato saboreando el lugar.

Llegas al coche con hambre y con ganas de volver a subir para verificar que el Marian Lake ha quedado bien grabado en la retina. Seguro que sí… casí que me voy a preparar ese gran manjar en que se han convertido los revueltos en cazo a la española. Lo que daría por una buena sartén y unas patatas! El tiempo de recuperar fuerzas acompañado como siempre por las sandflies e Igua aparece por el sendero, la sonrisa rellena su cara! Unos kilómetros de aproximación en coche hasta la entrada al próximo track. Igua se quedaría reviviendo el lago y recuperando fuerzas. Por mi parte, decidí hacer el último sprint de un día marathoniano en que no sabría decir cuanto tiempo había logrado dormir entre el frío y la lluvia… os acordais?

Tomo el sendero hacia el Key Summit. De nuevo los tiempos marcados superan con creces los reales. Tal vez tengan en cuenta el tiempo que pasas al final del track maravillándote con lo que te rodea. Tras algo más de una hora el bosque queda bajo tu nivel. En esta parte el altímetro y, sobretodo, el barómetro se han convertido en los mejores guías. El Summit resulta ser un altiplano rodeado por los fiordos y el fin de la cordillera alpina neo-zelandesa. Un circuito circular interpretativo (con guías plastificadas que tomas de una caja a la entrada para dejar a la salida) y un baño en la cima te recuerdan que estás en Nueva Zelanda un país muy organizado. Subes hasta el punto más alto desde dónde revives todo el día con vistas al Marian Lake, esta vez, desde la distancia. Se aprecia perfectamente el circo de montañas que rodean al lago, la arista principal, la morrena glaciar,… Si hacia unas horas te sobrecogía la belleza de estar en ese lugar, ahora lo hacía la fuerza con que se puede formar un paisaje. Desciendes tranquilamente, asimilando un gran día. Piensas en cuanto te rodea y en la vida misma, tan complicada es?

Tras pasar una última noche en el DOC de Te Anau, – DOC que se había convertido en una especie de casa tras tres acampadas en él frente al lago- tomamos la carretera hacia la costa este en compañía de una autostopero americano. Llegamos a Dunedine. Dunedine es una ciudad grande (hoy sinónimo de lugar complicado dónde acampar) que tiene como gran atractivo la península de Otago. Esta península es un hogar para los Albatros, aquellos que por tres días acompañaron al Navimag en los fiordos Patagónicos. El cielo estaba cubierto, de nuevo augurando lluvia y tal vez por ello, Otago no representó ese lugar mágico que me recomendaron en Rapa Nui Jeanne y Laurent, habrá que volver!

Así que tras acampadas frente al Pacífico, perdida de guía por segunda vez en Maoraki continuamos avanzando Into the Wild hacia la cima de Nueva Zelanda, el Mount Cook.

Al otro lado del mundo las fallas se plantan, los petardos suenan, las paellas del 17, esa pregunta de cada año que éste ya haces “le sobra un plato?”, y muchos momentos imaginados o vividos desde la distancia me hacen a veces añorar y otras respirar más hondo el día a día. Como me dijo un alemán ayer, Here you value more what you have. Tras buscar una falla que quemar y no hallarla me imagino la gran bola de fuego. Recibid un fuerte abrazo desde las Antípodas.

3 comentarios:

  1. Biennnnnnnnnn N.Z. no podia fallar ¡que pasada leer tu comentario¡ Nos sabe a poco.Dejate de paellas que ya tendrás tu plato y entonces seguro que diras...yo quiero volver a todo lo que he dejado atrás. Estamos preparados para visitar Australia necesitamos saber el programa je...je. Un beso.

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  2. Un saludo confunciano desde Valencia.

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  3. A la vegada que tu has acabat en l'illa Sud, nosaltres hem acabat en les falles. Però després de llegir el que tu ens contes ni de casualitat escric jo res, que pasada. Tot el que has escrit ho has de recopilar i escriure un llibre. I ara cap a Australia! igualet que jo, ara cap al Cole! El dissabte 26 un dels brindis el farem per tu. BESOS DE TOTS!!!!!!!!

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